skip to main |
skip to sidebar
Lo he visto tantas veces, que me da asco recordar.
El destello de aquella humanidad, sórdida y compasiva, oculta tras los lindes de la evanescencia,
¿puedes apreciar aquella devastación, aquello que ocurre tras los telones de tus miradas?
Siempre habra mentiras que satisfacer, siempre la autocomplacencia de tu mortalidad, mi amada.
Es así como otro atardecer se mezcla con mis ojos
tan dulce, tan naranjo
y es así como va derritiendo cada gota de rocío que yacía en la hierba
tan húmeda tras los miles de anocheceres ante las cuales ha sucumbido
pero no es ahora, o es una vez más
ante la cual ha de beber, gota tras gota
ese eterno placer de la evaporización
de cada sentimiento, dando paso a la sangre,
pura sangre, con sus estímulos opalecientes
brillando, confundiendo, adormeciendo
pero es placentero dormir en esa cuna
es placentero lanzarse sobre esos mares
cálidos, mares.
Perdido en el caos, se estremeció por algunos segundos.
Aquellos parajes los recordaba de tiempos pasados, una memoria que volvía solo en esos instantes.
Le siguió un impulso extraño, algo así como el pequeño empujón que se dan las rocas en su juego con la gravedad.
Colores, colores. La percepción visual descrita es máxima en tales palabras. Y luz, mucha luz, pero no lo suficiente para empañar los colores.
Era la justa medida de lo visual, de lo que la retina capta a través del globo ocular. ¿Cuántos infinitos colores son aquellos que no somos capaces de ver?
A continuación desbordó el sonido. Aquella marea de partituras entrelazadas, incoherentes pero a tal unísono que cualquier orden parecería desorden.
Los nervios sobre la piel se retraían al sentir tanto, como si pudieses extirpar esa capa externa y hacerla una pelota, que sería tan grande y tan llena de caricias y golpes, quemaduras y pinchazos que volvería loco a tu cerebro si la tuvieras encima.
La lengua se hinchó como una gran babosa y explotó en una catástrofe de sangre, bañándolo todo en ese líquido que de a poco se volvía tornasol, pasando por un abanico completo de condimentos.
Finalmente el olfato. Simple, fresco, como la hierba y los árboles en la selva humedecidos por una plácida y calmada llovizna. Un respirar profundo y ahogado al compás de las pulsaciones iniciales.
Y tras la muerte, sentir.
Cientos de años habían pasado. Quizás miles. No importaba realmente, lo que importaba es que seguían ahí, firmes dando la cara a la avalancha de segundos. Firmes, frente a la tormenta de arena de su reloj.Cuando fueron creados nunca nadie pensó en la inmortalidad de las obras. Fueron creados en tiempos presurosos, donde la necesidad del momento no daba cabida a lo trascendente, donde la vorágine histórica había logrado consumir los últimos retoños de salvación. No salvación de algo, sino aquella salvación que viene de uno mismo. De nosotros mismos.Pocos vestigios quedaban del esplendor que alguna vez tuvieron. En épocas remotas eran grandes obras, principales ejes del desarrollo y llaves del progreso, mas como suele suceder cada ciertos eones, esos mismos procesos se encargan de autodestruirse.Tarde o temprano serían devastados en su totalidad. Aquellos verdaderos bosques, como selva a la cual se le ha quitado todo lo orgánico. Serían devastados, poco a poco por las arenas de los milenios, volviendo a ser lo que alguna vez fueron, aquel polvo del cual fueron extraídos y eregidos. Aquella tierra de la que fueron exiliados y obligaron inevitablemente a asesinar, con todo su contenido.Mas los creadores nunca suelen pensar en la inmortalidad de sus obras.